Blondes Gift. (Veneno rubio, Hubert Moest, 1919)

Me pasa en esta edición de Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone que, al sentarme a escribir las crónicas, descubro que ocurre algo distinto: algunas películas cobran vida propia y se resisten a quedar resumidas en el formato de diario. Es lo que me sucede, entre otras, con Blondes Gift (Hubert Moest, 1919), una película que me resultó turbadoramente oscura y con algunos elementos fetichistas.
La protagoniza Ernst Deutsch, uno de los grandes del teatro y del llamado cine expresionista, aunque originalmente no procedía de la cantera de Reinhardt, sino de la Wiener Volksbühne, bajo el ala de Berthold Viertel. Fue un actor inquieto, con varias temporadas en distintos teatros antes de llegar al Deutsches Theater de Berlín, donde ya entró como actor formado. Su puerta al cine fue Richard Oswald, a partir de 1916, y desde entonces compaginó teatro y cine.
¿Pudo la tajante prohibición que sufrió Blondes Gift poco después de su estreno influir en que Moest decidiera crear su propia distribuidora, la Moest Film GmbH? No hay evidencia, pero intuyo que Blondes Gift fue un proyecto de transición importante. 1919 fue un año de cambios, y también lo fue para Richard Oswald, director asimismo de numerosos Sittenfilme, aunque distintos del que nos ocupa. No creo que sea casualidad: ese mismo año Oswald inauguraría en Berlín su primer cine propio, que también llevaba su nombre: los Richard-Oswald-Lichtspiele.

El comienzo de Blondes Gift es muy tenso. Loni (Hedda Vernon) se encuentra por casualidad con Rolf (Ernst Deutsch), amigo de infancia al que no veía desde entonces. Pertenecen a estratos sociales distintos, pero la infancia no mira esas cosas. Ella se muestra dulce y Rolf se siente muy atraído; al principio es solo un cosquilleo por el que se deja llevar. Después empieza a llover y Loni le propone ir a su apartamento, a pocos pasos. Llegan mojados y ella se apresura a cambiarse las medias.
Aquí Deutsch ya demuestra que es un gran actor: construye a un Rolf sin personalidad, un auténtico lechuguino, mientras la película va intensificando poco a poco la sensación oscura y fetichista que lo mueve, y a la que no podrá renunciar ni entregarse abiertamente, a sabiendas de que lo llevará a la ruina. Su cabello, su olor, esa carnalidad que desprende: todo en ella le resulta irresistible. Hay, en suma, un esfuerzo actoral y de realización por mostrarlo de forma gradual. El cabello dorado de Loni, que Rolf huele y acaricia con tanta avidez (y, si no recuerdo mal, otros hombres también), será la perdición moral de este.
Loni no se muestra ante el espectador como una mujer perversa, sino como alguien con un ardor cada vez más difícil de apagar por las cosas bonitas, el lujo y el confort. Su carácter tiene otro matiz: al principio ni siquiera parece planear la seducción de Rolf, o esa fue mi sensación. Después sí. Vemos que no dudará en pedirle dinero y regalos, ni en hacerle costear todos sus deseos, plenamente consciente de su poder sobre él.
Rolf, por su parte, inquieta desde el principio. Quizá lo esté mezclando con otros personajes del ciclo, pero me dio la impresión de que no es solo cómo la mira, sino cómo la toca, sobre todo el cabello, con una actitud compulsiva que hace sentir que una misma persona puede producir los gestos más bellos y, cuando algo se tuerce, las crueldades más terribles. Es un rol complejo: su interpretación y su puesta en escena nos dicen algo distinto de lo que cuenta la historia a través de los ojos de su familia. Su padre, en concreto, lo considera un débil de fortaleza, de espíritu y de voluntad.
Blondes Gift me sentó mal, literalmente. La escena en la que Loni narra el abuso de su padre hacia su madre es de una brutalidad tan fuerte que por momentos resulta insoportable de mirar. Kubrick habría puesto a Nicholson ante esa escena para El resplandor, si la hubiera visto y ese fuera su método, pero eso solo existe en mi imaginación. Varias escenas reiteran la debilidad oscura de Rolf y el exceso derrochador de Loni, y creo que esas repeticiones son deliberadas: buscan provocar un malestar creciente a medida que se despliega la degradación de Rolf, incapaz de desasirse de ese veneno que, en realidad, es su aliciente de vida.
Por curiosidad, eché una mirada rápida a la Zensurentscheidung der Filmprüfstelle Berlin de diciembre de 1920, que prohíbió la exhibición pública. Lo primero que menciona es la escena entre el padre y la madre de Loni, en la que esta es brutal misshandelt (brutalmente maltratada). Lo segundo, la escena en la que el personaje de Mandi „seine Geliebte an den Haaren hin- und herzerrt, um sie seinem verbrecherischen Willen gefügig zu machen…“ (arrastra a su amante de un lado a otro por el pelo para someterla a su voluntad criminal). Podría continuar, pero no es el lugar. Blondes Gift es una película difícil de contemplar, pero interesantísima para entender algo más la evolución del cine de Weimar, también por los detalles de su producción.
