
Nunca me atreví a escribir antes sobre La aldea maldita, la versión muda realizada por Florián Rey en 1930, y mucho menos sobre su propia versión sonora de 1942. Ya se ha escrito mucho sobre ella, además por autores de enorme peso como Carlos Fernández Cuenca, Juan Piqueras o Agustín Sánchez Vidal.
Aunque, en realidad, no es solo por eso. Me ocurre también un poco como con Nosferatu (F.W. Murnau, 1922). Hay películas que llevan consigo una carga añadida sobre la que resulta difícil escribir y de la que, de algún modo, me gustaría desprenderme. Escribir pues, sobre La aldea maldita no es tarea fácil. Tal vez sea por un conocimiento todavía insuficiente de mi propia cinematografía. Pero creo que se debe, sobre todo, a la inseguridad que surge al adentrarse en esos años previos a la confrontación de la Guerra Civil.

La aldea maldita es una producción insólita desde su propio origen. Quizá sea precisamente ese carácter transicional lo que tanto me atrae. Y ese carácter no responde únicamente en pertenecer al periodo de transición entre el cine mudo y el sonoro, sino también en el contexto histórico en el que nació: los años que median entre la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República, inmediatamente anteriores a la Guerra Civil. Sin embargo, la recepción actual la ha consagrado prácticamente como una obra clave del cine mudo español. Y no cabe duda de que, al margen de las distintas lecturas o cargas ideológicas que se le hayan atribuido, esta versión posee una extraordinaria belleza artística, narrativa y visual.
En su época se habló de ella de maneras muy diversas. Se llegó a afirmar que adolecía de “una limitación de horizonte estético” y, al mismo tiempo, el propio autor de esa crítica la definía como “una película nacional que sobresale un poco del rasero común” (Popular Film, 26 de febrero de 1931). Existen numerosos artículos de la época muy reveladores en este sentido, escritos con una retórica tan cargada como el elevado listón con el que solían juzgar la película; un listón que, según unos u otros autores, parecía no terminar nunca de alcanzar.

Sin embargo, casi todos ellos acababan reconociendo, aunque fuera de manera tímida, su indudable valor artístico y estético, hasta el punto de convertirla, ya en aquellos años, en un referente, tanto para sus detractores como para sus defensores. Hoy, la pátina del tiempo y la mirada de las nuevas generaciones no han hecho sino acrecentar ese reconocimiento. La aldea maldita se considera actualmente una de las mejores producciones silentes que dio el cine español.
En este artículo todavía no me atrevo a hablar de La aldea maldita con la profundidad que merece. Pero sí me gustaría contar cómo fue mi primer encuentro con la película, porque, curiosamente, no llegó a través de los libros ni de las aulas, sino de la música.

Fue mucho antes de empezar mis estudios de cine. Ocurrió en octubre de 1997, durante el VI Congreso Internacional de Música de Cine de Valencia, la ciudad donde crecí. Allí asistí a una ponencia del maestro José Nieto, junto a otros compositores. Llevaba conmigo un ejemplar de su libro Música para la imagen para que me lo dedicara, y lo hizo con una enorme amabilidad. Años después perdí el libro en una de mis mudanzas, pero no el recuerdo de aquella conferencia ni de la dedicatoria que escribió en él.
Fue también allí donde escuché hablar por primera vez de La aldea maldita. No desde la historia del cine ni desde el análisis cinematográfico, sino desde la mirada de un compositor, a través de su trabajo de adaptación y de la partitura que escribió para la película.
Años más tarde, ya en la universidad, estudié La aldea maldita desde una perspectiva más historiográfica. Sin embargo, mi primer encuentro con la película fue aquel que llegó a través de la música. Quizá por eso siempre me he preguntado cómo se habría escuchado la versión sonora que Florián Rey preparó para el mercado francés y si incorporaba un acompañamiento musical, y de qué manera lo hacía. Realizada en los estudios Tobis, compañía alemana de producción y distribución cinematográfica, aquella sonorización permitió introducir la película con éxito en Francia. Hoy, sin embargo, esa versión sonora no se ha conservado.
¿Por qué se perdió? Todavía no lo sabemos con seguridad.

Quizá sea aventurado establecer un paralelismo, pero no puedo evitar pensar, al menos en algunos aspectos, en Die Austreibung (F.W. Murnau, 1921), otra película desaparecida. Ambas comparten un profundo drama humano: en La aldea maldita, marcado por la despoblación y el éxodo; en Die Austreibung, por la expulsión forzada de una familia. En ambas aparecen también el peso del honor, el temor al hambre o pobreza y la atracción (o necesidad) de abandonar el mundo rural. Más allá de estos puntos de contacto, sus planteamientos cinematográficos y narrativos son muy diferentes.
La versión muda de La aldea maldita fue la que llegó hasta nosotros. El cine mudo ofrecía a Florián Rey una libertad expresiva y una seguridad que el sonoro todavía no podía darle. No olvidemos, además, que se trató de una producción totalmente independiente y de presupuesto muy modesto para la época, apenas 22.000 pesetas. Es difícil imaginar que esa misma libertad creativa hubiera sido posible en una producción concebida desde el principio como sonora.
Emocionante, pues, será volver a verla después de tantos recuerdos sonoros después de tanto tiempo Y hacerlo, además, en versión restaurada, en un lugar tan especial y acompañada por tres músicos que, precisamente por proceder de universos musicales tan distintos, prometen ofrecer un acompañamiento nuevo de la película. En realidad, era de ellos de quienes quería escribir... aunque, a veces, los recuerdos se adelantan y entremezclan.
Vuelvo, entonces, a mi propósito.
Imagínense La aldea maldita: un melodrama excepcional, profundamente griffithiano en sus raíces, que confronta el mundo rural y la ciudad. Una película cuya iluminación y sombras proyectadas evocan por momentos, sospecho que de manera deliberada, la estética del cine alemán de los años veinte. En este sentido, me inclino a reconocer una influencia más próxima a Murnau que al expresionismo propiamente dicho, y desde luego más cercanos a esa tradición que a la influencia del cine soviético propuesta por algunos autores.

Y, en medio de todo ello, la despoblación. Un tema que hoy, desgraciadamente, sigue sin resultarnos ajeno en España. Sombras, supervivencia, hambre, miseria, el peso del honor, de la tierra, de las creencias y de esa maldición que parece envolverlo todo, junto al éxodo de quienes se ven obligados a abandonar la aldea.
Imaginen ahora todo ese universo acompañado por la guitarra de Joonas Widenius, uno de los guitarristas de flamenco más reconocidos de Finlandia; por la percusión de Ricardo Padilla, un músico de enorme versatilidad y especialista en ritmos e instrumentos latinoamericanos; y por el violín de Lotta-Maria Heiskanen, compositora finlandesa cuya música combina diferentes influencias, entre estas los sonidos del Oriente Medio, el flamenco y la improvisación.
La aldea maldita retrata el ambiente de la Castilla profunda y fue rodada en la zona de Segovia y Pedraza. Desde una perspectiva estrictamente realista, su universo sonoro no tendría por qué ser el flamenco. ¿Se adentrarán estos artistas en los ritmos y melodías de los paloteos, del tamboril y de otras tradiciones musicales castellanas?
El cine permite la mezcolanza de estilos, las asociaciones más inesperadas, la música que nace de la fantasía. Y ahí reside también parte de su magia.

¿Quién dijo que el cine silente era realmente silencioso? Intuyo que el próximo sábado 22 de agosto, en el Forssan Elävienkuvien Teatteri, La aldea maldita se verá y, sobre todo, se sentirá como pocas veces antes.
Enlaces:
La Aldea Maldita | Mykkäelokuvafestivaalit 17.-23.8.2026 Forssassa
Forssa Silent Film Festival (sitio oficial)
