El arte de los benshi y la locura del Programa I

Kurutta ippēji (Una página de locura, 1926). A la izquierda el benshi Kataoka Ichirō. Foto de Valerio Greco
Esta sección de la 45.ª edición de Le Giornate me hacía muchísima ilusión. El año anterior, el evento especial japonés ya había despertado mi imaginación. Recuerdo subir hasta lo más alto del Teatro Verdi de Pordenone para ver a Hikaru Tamaki con el violonchelo y a Yoko Reikano Kimura con el koto, porque los músicos y sus instrumentos suelen quedar ocultos bajo la pantalla, en el foso. Acompañaban películas de animación en papel (kami firumu) en lugar del celuloide tradicional. Aquello me dejó huella.
Hace relativamente poco, el cine japonés irrumpió como un rayo en mi vida cinéfila. Escasa, por cierto, últimamente, porque padezco lo que llamo la enfermedad del lienzo. Es una dolencia curiosa y probablemente imaginaria, pero ahí está: en casa me cuesta un enorme esfuerzo ver películas. Las pantallas brillantes, la del televisor o la del ordenador, dejan las imágenes como impregnadas; permanecen, sí, pero resultan hirientes. Si hay suerte, apenas consigo ver un film a la semana, y casi siempre lo dedico a descubrir a esos realizadores japoneses de los que tan poco conozco.
Todo empezó con Hiroshi Shimizu. Él y sus niños tuvieron la culpa: fui tirando del hilo y ya no pude parar. Imaginen, pues, el impacto, el mareo de contemplar este arte por primera vez sobre un lienzo grande y sin brillo, en el Teatro Verdi y con un acompañamiento tan extraordinario: un privilegio. ¡Qué ingenua, pensar que lo que hería era el brillo de la pantalla! Lo que vi aquella noche del 7 de octubre se quedó en mí para siempre.

Makia Matsumura acompañando el programa I de El arte de los Benshi
en el Teatro Verdi de Pordenone. Foto de Valerio Greco
Debo confesar que mi puerta de entrada al evento fue la música, en concreto la de Makia Matsumura. No conocía la experiencia benshi ni ninguna de las películas del programa. Llegué desarmada, como una página en blanco, sin más expectativa que la de vivir algo nuevo, protegida solo un poco por conocer de antemano el calado de su música. A Matsumura la conocí de forma indirecta. Había visto breves fragmentos de sus acompañamientos que circulaban por las redes, pero no fue hasta Pioneers: First Women Filmmakers cuando la escuché con atención. Alla Nazimova tuvo la culpa. Acababa de descubrirla en mi primer festival de Pordenone presencial y me había quedado prendada de ella: busqué películas, busqué momentos, busqué danzas. Y en internet encontré una joya: la banda sonora de Salomé, dirigida por Aleksandra Vrebalov, que alguien había publicado sin imagen. La escuché separada de las imágenes de la Nazimova y todavía la escucho; me encantan esas mezcolanzas inquietantes de percusiones e instrumentos diversos. Entonces me fijé en los intérpretes, en el piano, en un nombre que aparecía dentro del proyecto: el de Matsumura.

Mikan Bune (A Ship of Oranges) 1927. A la izquierda la benshi Ōmori Kumiko. Foto de Valerio Greco
Comenzó el programa Benshi con Mikan Bune, (A Ship of Oranges, 1927). Recuerdo ese corto con nitidez: la benshi Ōmori Kumiko narrando, recreando la historia e interpretando también a la triste prometida abandonada en el puerto, que llama a lo lejos a su prometido Osode. Ese lamento fue mi primer contacto con una experiencia benshi, con su fantasía y su imaginación.
El siguiente corto fueron los fragmentos de Kaidan Sarayashiki, atribuidos a 1916, aunque no se sabe a ciencia cierta ni el año ni el realizador. Es una historia de fantasmas: Okiku, una sirvienta falsamente acusada y asesinada, cuyo espíritu vaga eternamente. La voz de la benshi Yamauchi Nanako se mezcla con la de Okiku en mi imaginación, con su pena, con su dolor. Se siente la punzada con solo su voz, la percusión de Katada Kisayo y el shamisen de Kiyomoto Nobuakira.
Y entonces, de repente, una regresión. Volvió a mí la misma sensación de hace más de veinticinco años, cuando vi mi primer espectáculo de laterna magica en el Museu del Cinema de Girona, un lugar que también despierta la imaginación. Allí estaba Tomàs Mallol, el coleccionista enamorado de tantos aparatos que fabrican sueños, acompañando la sesión. La presentó una descendiente de Méliès, con placas y laterna originales, narrándonos historias y fantasmagorías. Una sensación difícil de explicar. No es solo la imagen, ni solo las voces de Ōmori Kumiko y Yamauchi Nanako, ni la de aquella descendiente de Méliès: es la magia que nace al sentir las fantasmagorías, el lamento de la triste prometida que llama a Osode y el de la desdichada Okiku. Veo colores, aunque los fragmentos no los tengan. Me ha quedado un efecto sinestésico. Allí siguen ellas, sus voces, sus lamentos.

Kaidan Sarayashiki (1916?). A la izquierda la benshi Yamauchi Nanako. Foto de Valerio Greco
Apenas sin respiro, todo vuelve a oscurecerse y comienza Kurutta ippēji (Una página de locura, 1926), de Teinosuke Kinugasa. A día de hoy, mientras escribo esto, todavía no sé expresar mejor lo que vivimos. El piano de Matsumura abre con un acompañamiento enigmático, dejando que el eco de las notas se diluya. El benshi Kataoka Ichirō no narra: lo vive, y nos estremece. Las primeras escenas asustan, y entonces llega la tormenta: la emoción arrolladora de la percusión de Katada Kisayo, junto al bombardeo de imágenes, a veces a a contratiempo del shamisen de Kiyomoto Nobuakira, lo que inquieta más. Todo ello acompaña este experimento visual y emocional de sobreexposiciones, sombras y deformaciones. El desasosiego y la incertidumbre lo invaden todo. No da tiempo a racionalizar ni a buscar una lógica; apenas sé nada de los personajes ni del lugar. Solo seguimos a ese pobre desdichado, cuidador de un sanatorio mental, cuya mujer también está recluida, mientras va cayendo en una espiral de locura. Y nosotros con él, por esos pasillos vacíos, en la desolación. Cuando acabó, breve instante de silencio y gran ovación.

Kurutta ippēji (Una página de locura, 1926). A la izquierda el benshi Kataoka Ichirō. Foto de Valerio Greco
Al día siguiente, junto a mi colega Florenci Salesas, entrevistamos a Matsumura. Fueron unos minutos emocionantes, con el eco de su arte de la noche anterior todavía vivo en nosotros. Ella nos preguntó de dónde venía nuestra admiración y reconozco que no supe decirle mucho: no soy buena respondiendo preguntas y, al principio, me pudo la timidez. Nos habló de sus comienzos, de su música y de su necesaria salida de Japón. Poco a poco me fui soltando, y las preguntas fueron llegando solas. El programa de la noche anterior había sido una locura. Recuerdo salir esa noche del teatro Verdi de camino al hotel, conversando con mis compañeros, sin saber bien qué decir pero evitando el silencio. La música y Las voces de los benshi todavía nos acompañaban,
Ovación apasionada al final del Programa 1 de El arte de los benshi, el 7 de octubre en el Teatro Verdi, durante Le Giornate del Cinema Muto de Pordenone. Con Makia Matsumura (piano), Kisayo Katada (percusión), Nobuakira Kiyomoto (shamisen) y los benshi Ichirō Kataoka, Kumiko Ōmori y Nanako Yamauchi. ©Photo-play.net
