Festival de cine mudo de Pordenone 1: Tres miradas
Don Q, Son of Zorro (Donald Crisp, US, 1925)
Colección de Douglas Fairbanks, AMPAS/Margaret Herrick Library, Beverly Hills

A pesar del bloqueo habitual a la hora de explicar las películas vistas en los primeros días del festival de cine mudo de Pordenone, y dejando fluir libremente las impresiones, cabe decir que las películas del proyecto Griffith fueron realmente importantes. Quizá sea simplemente la fascinación de comprender, año tras año y bajo la música de acompañantes distintos, hasta qué punto fue importante este pionero: sus actores, su equipo de trabajo, su inventiva. Resulta revelador descubrir que Money Mad tenía unos efectos y un montaje no tan primitivos, y mondarse de risa con The Valet's Wife, ambas de 1908.

Las películas del domingo no le fueron a la zaga, especialmente The Cord of Life: pura desesperación y con una calidad de imagen impresionante. Nunca se había visto a Griffith en una calidad tan espectacular. Aquí Florence Lawrence hacía un papel muy secundario, pero ese rescate en el último momento de un bebé en una cesta colgando de la ventana de un cuarto piso resultó inolvidable.

Those Boys! es de un año después, pero también aquí Griffith hace pasarlo mal al espectador. Los niños cogen un revólver creyendo que es de juguete, mientras que las niñas suben al ático a releer las viejas cartas de amor de su madre. Todos juegan con la muerte, a pocos segundos de ella, a muy poco espacio. Es un placer reconocer a Florence Lawrence y descubrir en qué personaje se habrá transformado Sennett: ¿un policía, un ladrón, un marido engañado? Las películas se van superponiendo unas a otras.

La película inaugural, Don Q, Son of Zorro (EE. UU., 1925), de Donald Crisp, fue un auténtico disfrute. ¡Los últimos treinta minutos resultaron trepidantes! Fairbanks, con su látigo y sus trucos, logra de un salto adelantarse a su rival en el amor, que lo es también en las armas. Hay tanto que contar, tanto por lo que emocionarse... Desde la segunda galería se oyó más de un «noooo» cuando el malvado golpeó casi de muerte con una piedra al ayudante de Fairbanks. La música contribuyó de manera espectacular, se adaptaba como un guante: desde los créditos iniciales, Andrej Goričar dirigió a la RTV Slovenia Symphony Orchestra. Hubo momentos fantasiosos y alocados: de pronto, padre e hijo luchando mano a mano, o mejor dicho, codo con codo, entre violines, timbales de concierto y unas castañuelas. Luchaban a dúo; no era un baile, pero tenía la misma pasión.

Volviendo al domingo, Pola Negri protagonizó dos films: Die Marchesa d'Armiani (1920), de Alfred Halm, y Bestia (1917), de Aleksander Hertz. ¿Cómo resistirse a esa mirada tan deseante y seductora? Y a una tercera mirada, la de Conrad Veidt. Solo por ellas merece la pena el viaje hasta aquí: la Negri imaginada, soñada por un joven pianista, en la parte que nos ha quedado de la película, en parte perdida, Die Marchesa d'Armiani; la Negri de Bestia; y Veidt en los breves fragmentos conservados de Satanas, la película de episodios de Murnau, procedentes del National Film Archive of Japan. La segunda de las miradas era la más conocida, pero no las otras dos, perdidas. Tres miradas difíciles de asimilar.

El año pasado se echó mucho de menos el evento en el que los escolares sonorizan alguna película durante el festival. Esta vez, los niños de la Orchestra della Scuola di Musica Città di Cordenons y el Ensemble Armonia acompañaron unos cortos de animación de Dave Fleischer con gran fantasía e imaginación. Terminar con el piano de Donald Sosin acompañando Her Wild Oat (EE. UU., 1927), de Marshall Neilan, fue un gran acierto.

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